“El hambre es una decisión política”: Lula da Silva emite pisicionamiento desde Roma en el Foro Mundial para la Alimentación

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  • En un posicionamiento cargado de crítica y propuestas concretas, destacó que mientras más de 670 millones de personas en el mundo padecen hambre, un pequeño grupo de multimillonarios controla una porción significativa del PIB global

Roma, Italia; 14 octubre 2025.– Durante su participación en el Foro Mundial de la Alimentación en Roma, el presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, lanzó un contundente mensaje a la comunidad internacional: el hambre no es una tragedia inevitable, sino una consecuencia directa de decisiones políticas que priorizan el gasto militar y la concentración de riqueza sobre los derechos humanos más básicos.

En un posicionamiento cargado de crítica y propuestas concretas, Lula destacó que mientras más de 670 millones de personas en el mundo padecen hambre, un pequeño grupo de multimillonarios controla una porción significativa del PIB global. También denunció el incumplimiento de compromisos históricos por parte de las naciones más ricas y llamó a una reforma urgente de la gobernanza mundial, basada en la justicia fiscal y el fortalecimiento del multilateralismo.

Con la experiencia reciente de Brasil como ejemplo —que en menos de dos años logró sacar del hambre a más de 26 millones de personas—, Lula propone una respuesta global articulada, donde la lucha contra la pobreza, el hambre y el cambio climático estén en el centro de las prioridades políticas y económicas del mundo.

Posicionamiento íntegro:

El hambre no es una condición natural de la humanidad ni una tragedia inevitable, sino el resultado de las decisiones de los gobiernos y los sistemas económicos que han optado por ignorar las desigualdades. O incluso por promoverlas.

El mismo orden económico que niega a 673 millones de personas el acceso a una alimentación adecuada permite que un selecto grupo de 3 mil multimillonarios controle 14.6 por ciento del producto interno bruto (PIB) global.

En 2024, las naciones más ricas contribuyeron a impulsar el mayor aumento de gastos militares desde el fin de la guerra fría, que ascendieron a 2.7 billones de dólares ese año. Sin embargo, no cumplieron el compromiso que habían asumido de destinar 0.7 por ciento de su PIB en acciones concretas para promover el desarrollo en los países más pobres.

La guerra y el hambre se retroalimentan

En la actualidad vemos situaciones similares a las de hace 80 años, cuando se creó la Organización de Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO). Sin embargo, a diferencia de aquella época, ahora no sólo tenemos las tragedias de la guerra y el hambre que se retroalimentan, sino también la urgente crisis climática. El acuerdo entre las naciones creado para resolver los desafíos de 1945 ya no responde a los problemas actuales.

Es necesario reformar los mecanismos globales de gobernanza. Debemos fortalecer el multilateralismo, crear flujos de inversión que promuevan el desarrollo sostenible y garantizar que los Estados tengan la capacidad de implementar políticas públicas coherentes para combatir el hambre y la pobreza.

Es fundamental incluir a los pobres en el presupuesto público y a los más ricos en el impuesto de la renta. Esto implica justicia fiscal y tributación de los superricos, un tema que logramos incluir por primera vez en la declaración final de la cumbre del G-20 en noviembre de 2024, bajo la presidencia brasileña. Un cambio simbólico, pero histórico.

Congreso brasileño va por reforma fiscal sustancia

Defendemos esta práctica en todo el mundo y la hemos adoptado en Brasil. El Congreso brasileño está a punto de aprobar una reforma fiscal sustancial: por primera vez en el país se aplicará un impuesto mínimo sobre la renta de las personas más ricas y se eximirá del gravamen a millones de personas con salarios más bajos.

Además, al frente del G-20, Brasil propuso la creación de la Alianza Global contra el Hambre y la Pobreza. Aunque es una iniciativa reciente, ya cuenta con 200 miembros: 103 países y 97 asociados, entre los que se encuentran fundaciones y organizaciones. No se trata sólo de intercambiar experiencias, sino de movilizar recursos y exigir compromisos.

Con la Alianza, queremos que los países tengan las capacidades necesarias para aplicar políticas que reduzcan eficazmente la desigualdad y garanticen el derecho a una alimentación adecuada. Políticas que den resultados rápidos, como los registrados en Brasil después de que, en 2023, eleváramos la lucha contra el hambre a la categoría de prioridad gubernamental.

Brasil sale nuevamente del Mapa del Hambre

Los datos oficiales publicados hace unos días muestran que hemos sacado del hambre a 26.5 millones de brasileños desde principios de 2023. Además, Brasil ha salido por segunda vez del Mapa del Hambre de la FAO en su informe sobre la inseguridad alimentaria en el mundo. Un mapa del que no habríamos vuelto si no se hubieran abandonado las políticas que se iniciaron en mis primeros gobiernos (2003-2010) y en el de la presidenta Dilma Rousseff (2011-2016).

Este logro es el resultado de acciones coordinadas en varios frentes. Hemos mejorado y ampliado nuestro principal mecanismo de transferencia de renta, que ahora llega a 20 millones de hogares, prestando especial atención a 8.5 millones de niños menores de seis años.

Aumento al salario y programas contra la desigualdad

También hemos ampliado los recursos destinados a la alimentación gratuita en las escuelas públicas, lo que beneficia a 40 millones de estudiantes. Gracias a la compra pública de alimentos, garantizamos ingresos a las familias de pequeños agricultores y distribuimos comida gratuita y de calidad a quienes realmente la necesitan. Además, hemos aumentado el suministro gratuito de gas para cocinar y electricidad a las personas con menos ingresos, lo que les permite destinar parte de su presupuesto a reforzar su seguridad alimentaria.

Sin embargo, ninguna de estas políticas puede sostenerse sin un entorno económico que la impulse. Cuando hay empleo e ingresos, el hambre se reduce. Por eso, adoptamos una política económica que priorizó el aumento de los salarios y nos llevó al índice de desempleo más bajo jamás registrado en Brasil. También conseguimos el índice más bajo de desigualdad de ingresos familiares per cápita.

Para acabar con el hambre: invertir en desarrollo y no en guerras

Brasil aún tiene mucho camino por recorrer para garantizar la seguridad alimentaria de toda su población, pero estos resultados demuestran que la acción del Estado puede acabar con el flagelo del hambre. No obstante, para que estas iniciativas tengan éxito, es necesario cambiar las prioridades mundiales: invertir en desarrollo en lugar de en guerras, dar prioridad a la lucha contra la desigualdad en lugar de a las políticas económicas restrictivas que durante décadas han provocado una enorme concentración de la riqueza y afrontar el reto del cambio climático situando a las personas en el centro de nuestras preocupaciones.

Al ser sede de la COP-30 en la Amazonia el próximo mes, Brasil quiere demostrar que la lucha contra el cambio climático debe ir de la mano de la lucha contra el hambre y la pobreza. En Belém, queremos adoptar una Declaración sobre el Hambre, la Pobreza y el Clima, que reconozca los impactos profundamente desiguales del cambio climático y su papel en el agravamiento del hambre en ciertas regiones del mundo.

También llevé estos mensajes al Foro Mundial de la Alimentación y a la reunión del Consejo de Campeones de la Alianza Global contra el Hambre, eventos en los que tuve el honor de participar este día 13, en Roma. Mensajes que muestran que los cambios son urgentes, pero también posibles. Porque la humanidad, que ha creado el veneno del hambre contra sí misma, también es capaz de producir su antídoto.


Presidente de la República Federativa de Brasil.- Luiz Inácio Lula da Silva
Foto: PR


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