- Se formaliza la campaña global para moldear la información de la que Washington define como “propaganda anti estadounidense”, con la ayuda de “X”, influencers y plataformas múltiples, se disputará que se puede decir y como acerca de EE.UU.

Washington, Estados Unidos; 2 de abril de 2026.– Estados Unidos (EE.UU.) acaba de formalizar algo que llevaba años haciendo de forma dispersa: una campaña global para moldear la conversación pública sobre su papel en el mundo. Un cable diplomático firmado por Marco Rubio, hoy secretario de Estado, ordena a todas las embajadas y consulados coordinar operaciones en redes sociales contra lo que Washington define como “propaganda anti estadounidense”. Detrás del lenguaje burocrático aparece un mensaje claro: el gobierno de Estados Unidos quiere disputar, desde arriba, qué se puede decir y cómo se puede narrar su poder a escala planetaria.
El documento instruye a las misiones diplomáticas a trabajar codo a codo con unidades de operaciones psicológicas del Pentágono. Es decir, estructuras militares diseñadas para la guerra informativa que ahora se despliegan sobre audiencias civiles en todo el mundo. Bajo la etiqueta de “contrarrestar desinformación extranjera”, el cable abre la puerta a campañas de influencia que no se limitan a desmentir falsedades, sino a desactivar cualquier narrativa que señale responsabilidades de Washington en conflictos, golpes o crisis internacionales. Cuando la categoría de “propaganda” se extiende a todo discurso que “desplace la culpa hacia Estados Unidos”, el objetivo deja de ser la verdad y pasa a ser el control del relato.
Una pieza central de esta estrategia es X, la plataforma de Elon Musk. El cable subraya su importancia como herramienta “innovadora” para combatir la “hostilidad” hacia EE.UU. y menciona funciones como Community Notes como arma para “corregir” narrativas consideradas hostiles. En la práctica, eso significa un intento de colonizar los mecanismos internos de moderación y etiquetado de contenidos, en alianza con una empresa privada, para orientar qué versiones de los hechos adquieren legitimidad y cuáles son empujadas al margen bajo el rótulo de “desinformación”.
El plan no se queda en las cuentas oficiales de embajadas y diplomáticos. El cable instruye a reclutar influencers, académicos y líderes comunitarios locales para difundir mensajes favorables a Estados Unidos. Esos contenidos deben “sentirse” orgánicos y locales, sin que se perciba la mano de Washington detrás. La arquitectura es clara: multiplicar voceros aparentemente independientes que defiendan intereses estadounidenses en debates clave, desde guerras y tratados comerciales hasta sanciones y golpes de Estado. La frontera entre opinión genuina, lobby encubierto y propaganda estatal se vuelve casi imposible de trazar para el ciudadano promedio.
Para los países del Sur Global, el impacto es especialmente delicado. Las embajadas estadounidenses disponen de más recursos, más acceso a plataformas y más capacidad de amplificar determinadas voces que cualquier actor local. Cuando se combina esa ventaja con la coordinación con unidades de psyops (acciones planificadas para influir en las emociones, actitudes y comportamientos de audiencias objetivo) militares y herramientas de inteligencia artificial, se crea un ecosistema informativo donde la narrativa de la potencia se impone no sólo por la fuerza de sus argumentos, sino por la estructura de poder que la sostiene. Los medios, creadores y audiencias no compiten en igualdad de condiciones; compiten contra un Estado que juega al mismo tiempo como actor político, anunciante, fuente y moderador de contenidos.
Nada de esto significa que otros Estados no hagan propaganda, ni que la desinformación extranjera no exista. Rusia, China, Irán y muchas otras potencias libran sus propias guerras narrativas. La diferencia es que este cable desnuda hasta qué punto Washington asume que la batalla por la opinión pública global es un frente más de su política exterior, y está dispuesto a cruzar todas las líneas entre diplomacia, marketing político y operaciones psicológicas. Frente a eso, el desafío para el periodismo y la ciudadanía es doble: exigir transparencia sobre quién financia y coordina ciertas campañas de “opinión”, y desconfiar de cualquier etiqueta de “desinformación” que provenga del mismo aparato que diseña estrategias masivas de propaganda. No se trata de creerle a Moscú o a Washington, sino de entender que ambas capitales juegan al mismo juego: la disputa por nuestra capacidad de interpretar el mundo.
Fuentes:
• The Guardian, reportaje sobre el cable diplomático firmado por Marco Rubio que instruye a las embajadas de EE.UU. a lanzar campañas contra la “propaganda antiestadounidense” usando X y cooperación con unidades de operaciones psicológicas del Pentágono.
• Coberturas de agencias y medios internacionales (como notas de agencias de noticias y prensa estadounidense) que confirman la existencia del cable y detallan la coordinación entre embajadas, plataformas digitales e influencers para “contar la historia de América” y combatir narrativas consideradas hostiles.
